La amenazante dictadura del correctismo político contra los toros

El imperio del correctismo político global ya no da lugar para sorprendernos más. Todo ejercicio del poder a largo o corto plazo siempre resultará efímero. Lástima que los políticos y autoridades que lo ostentan no logren comprenderlo y más bien, embriagados de esa fatua circunstancia, consideren que les será atributo per se, para decidir hacer lo que les venga en gana.

Atónitos, dábamos cuenta de las muy fuera de lugar declaraciones del ministro de Cultura del aún Reino de España respecto a la Tauromaquia con las que sin atisbo de rubor alguno, el ministro José Manuel Rodríguez Uribe manifestaba: “Yo no debo fomentar ir a los toros; al teatro sí, porque es pacífico”.

Creyéndose asistirle razón con la idea de no fomentar ir a los toros, el ministro socialista trasgrede las leyes españolas perfectamente claras respecto al rol del Estado íbero que establecen garantizar la conservación  y fomento de la Tauromaquia promoviendo su valor como patrimonio histórico y cultural.

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José Manuel Rodríguez Uribe

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Extrañará que me remita a lo que acontece allá del otro lado del charco, pudiendo tomarse para nosotros, los de estos pagos americanos y en particular del Perú, como irrelevante.

No, no lo es. Por el contrario, atañe directamente a una gran cantidad de peruanos que cultivan el gusto por el llamado arte de Cúchares tan arraigado en nuestros pueblos al punto de haberlo hecho propio por siglos.

Como se recuerda, en el caso peruano, el señor ministro de Cultura del Perú, don Alejandro Neyra Sánchez, en actitud igualmente sorprendente, emitió unas declaraciones en favor del írrito acuerdo que aprobó el pleno del Concejo Metropolitano de Lima mediante el cual dicho colegiado edil se atribuye la potestad de influir en la determinación y manera de actuar de los directores nombrados por el municipio ante la Beneficencia Pública de Lima, propietaria de la Plaza de Toros de Acho, conminándoles a no arrendar el recinto para la realización a futuro de los espectáculos taurinos.

Pero no sólo fue esa adhesión al acto ilegal del Concejo de Lima, sino que además se permitió identificarse como “opuesto a las corridas de toros” bajo la falsa premisa que lo hacía “a título personal”. La respuesta de la Asociación Cultural Taurina del Perú, fue muy firme: “Con sus palabras, el ministro discrimina a los 10 millones de ciudadanos peruanos que gustan de estas manifestaciones culturales como son la fiesta de los toros y la gallística”

En efecto, las declaraciones acotadas por el señor ministro no corresponden de modo alguno acorde a la investidura que detenta su alto cargo y función pues un ministro lo es para administrar equitativamente su sector, en este caso el de Cultura, en beneficio de todos los ciudadanos y no a favor de parte de ellos relegando al resto. Lo contrario, tal como sucede en el caso de su par español, es discriminatorio y arbitrario, así se manifieste de “manera personal” por cuanto esa figura no corresponde en su aplicación.

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Alejandro Neyra Sánchez

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En el país andino cada vez son más las ciudades que están declarándose taurinas a través de su gobiernos locales, estableciendo a sus festividades como patrimonio cultural inmaterial, tal es para muestra reciente el caso de Chalhuanca, ciudad a la que funcionarios de nivel medio del ministerio de Cultura habían condicionado el otorgamiento de esa calificación a cambio de excluir a los festejos taurinos tan profundamente arraigados en su colectivo popular, justificando tamaña arbitrariedad por considerarlas “manifestaciones violentas”, tirando por los suelos la propia Ley y las sentencias constitucionales.

En un sistema democrático las autoridades deben ser receptivas al clamor de todos los sectores de ciudadanos por igual, más cuando la actividad que defienden los taurinos es absolutamente legal y se encuentra reconocida como manifestación cultural.

En ambos casos reseñados las declaraciones y posturas públicas, al título que fuese, solo abonan en favor de darles la razón a sectores totalitarios, fanatizados en virtud de su ideologizada manera de ver las cosas, con el agravante de pretender imponerla sobre los demás.

Se habla de la decadencia de tradiciones y gustos arraigados en nuestra cultura, sin embargo habría que preguntarse si acaso no son estos intentos impositivos ─dignos de catones modernos─, los verdaderamente decadentes.

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