En la Opinión de Pepe Mata… Y, aparecieron las miserias pasadas en la “nueva” normalidad

La mediocridad es legítima hija de la corrupción”: Jorge González Moore

Hubo un respiro en la Europa taurina para el reencuentro del gran público con su amado arte del toreo, y así ocurrió. Claro, claro siguiendo la exigencia de la normatividad sanitaria.

Se hacía necesario que en ese deseado reencuentro, la verdad fuera por delante, haciendo brillar radiantemente a la honestidad y por supuesto, cimentados en la inobjetable verdad.

Porque es la mediocridad la que intenta justificar a una fiesta corrompida a través de un toro menoscabado, en donde la casta, la bravura, la integridad dejan de ser la luminosa verdad e intentan quienes son hacedores de ese engaño, hacernos creer que la mediocridad es algo correcto.

Se presentó, Enrique Ponce, en Osuna y luego en Navas de San Juan y el lunes en Huelva. Justo en el momento que se requiere reivindicar la grandeza del arte del toreo, llegó y mostró una expresión decadente, ventajista, frívolo e insustancial -como ha sido siempre- sólo que ahora se le han extremado; al margen de que el exagerado toreo amanerado se ha hecho execrable por su fastidiosa exageración.

Ponce tuvo enfrente a unos astados seleccionados y seguramente aprobados por él para su adquisición, ya que incluso en Navas de San Juan fueron de su mansa ganadería, tan pequeñajos y con estentórea sospecha de todo hasta del cornicure, mientras que en Huelva llegó a la desesperación porque esa mansedumbre bobalicona de los juampedros

… ¡no existío!

Lamentablemente en este entorno que suspiraba por un nuevo y mejor futuro, pudo más la mediocridad, y con ello la grandeza que debe haber en todo festejo a través del toro auténtico para ese torero de verdad, no estuvo al alcance de Enrique Ponce.

Y eso es más que alarmante en esta época de renovación, de urgente y necesaria renovación.

Las mañas, las miserias taurinas tan usadas desde muchos años antes de la pandemia, intentaron regresar a ser el eje rector de la “nueva” normalidad, no obstante, el público hizo notar que..

… ¡no!

Que el camino no es por ahí, sino por la luminosa verdad que implacable exige a todos los figurines se jubilen y dejen de hacer más daño al mágico, mítico y trascendente arte del toreo.

Lo todavía más ilógico -si cabe- ocurrió en Osuna, impuso el figurín del cartel a su compadre, Javier Conde, quien en este escenario ad-hoc por la reprobable comodidad, estuvo sencillamente fatal.

Alguien escribió, y lo hizo con sustento, “… debió haberse cortado ahí la coleta“.

¡Por supuesto que sí!

Si hubiera existido un poco de autocrítica eso debió haber hecho Conde.

Y no sólo él, sino Ponce también, porque si en Osuna resultó aberrante lo visto con esos inadmisibles pequeñajos de Julio de la Puerta…

… en el festejo en Navas de San Juan por su 30 aniversario de alternativa, el haber “jugueteado” con más pequeñajos mansos y descastados, no habla de ninguna grandeza para conducir a la tauromaquia hacia la “nueva” normalidad con gran dignidad y en dirección al pináculo de la implacable verdad.

Qué decir de lo ocurrido en Huelva, en donde aparecieron los bobillos favoritos de Ponce, los juampedros, que acabaron siendo la piedra de mansedumbre que no pudo superar.

Eso de “elogiar” la prensa al servicio del engaño que tuvo que hacer de “enfermero” es una ofensa a la verdad para justificar la avasalladora mediocridad.

Mientras que en Huelva se pasaron justificando a Ponce con la “voluntad” del torero para enfrentar toros tan malos, cuando son los toros que el propio divo de Chiva exige.

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Enrique Ponce y sus predilectos mansos juampedros, que desde hace tiempo no están siendo el bobitoro soñado sino por el descastamiento lo nada deseable

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Que por cierto, todos los toreros lo habitual es que tengan valor y voluntad.

Tan fue así que este lunes en Huelva, quien se llevó la tarde con inobjetable mérito, fue un apasionado, David de Miranda, quien a pesar de la adversidad que fueron los juampedros demostró su incontenible verdad en dos faenas de suma valía.

Todo hace ver que ni Enrique Ponce ni los figurines que le acompañan, pretenden entender y con ello reconocer, la superioridad de la insoslayable verdad que exigen todos los demás para volver a tener un luminoso arte del toro.

Y, no la quieren reconocer porque la mediocridad que les alberga los cegó décadas atrás y suponen que eso es la “normalidad” y por ello, pueden estar imponiendo sus engañifas sin que nadie les proteste.

Reitero, como lo escribí en mi artículo anterior:

Tras la pandemia más allá de los figurines están los toreros de verdad

¡Sí!

¡Sin lugar a dudas!

Más allá de los figurines están los toreros de verdad a quienes hay que abrirles todos los cosos taurinos, para que con su verdad, vuelvan a iluminar, dar sustento, dignidad, respeto y grandeza al arte del toreo.

Porque una cosa está clara, el gran público hace tiempo que les concedió su respeto y admiración a esos marginados toreros de verdad.

¿Entenderán el mensaje del público los señores empresarios?

Ese será su reto.

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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