En la Monumental México… La apasionada entrega de Luis David, conquista un trofeo; a Andrés, se le reconoce

Con una entrada que llega al tercio del aforo en la Monumental Plaza de Toros México, en lo que ha sido el décimo festejo de la actual Temporada Grande 2017-2018, se ha lidiado una mansada, descastada de La Joya, encaste Parladé vía Domecq, su fundador, Don José González Dorantes, que en gloria esté, había conseguido devolverle la casta y la bravura a este encaste comercial, lo que este domingo en cuestión no apareció por ninguna parte, siendo el factor fundamental que estuvo a punto de hacer naufragar el festejo. Aparecieron dos astados para el INADMiSIBLE y VENTAJOSO regalo, uno de la ganadería titular, y otro de Xajay, correctamente presentado, pero manso.

Diego Silveti: Silencio en su lote.

Andrés Roca Rey: Silencio y silencio tras aviso: palmas en el de regalo.

Luis David Adame: Silencio y oreja.

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El ganadero, José Antonio González Esnaurrizar, podrá oir una mar de falsos elogios de la prensa al servicio del engaño, de los supuestos amiguetes que felicitan de todo para quedar bien, de toda esa cauda de inútiles acompañantes que se le van sumando  conforme va pasando el día.

No obstante, lo importante para él, como ganadero, será que no les preste oídos, y en medio de la autocrítica, la reflexión, analice lo que en la realidad pasó con cada uno de sus siete toros, y así hallar la solución para devolverle a su ganadería esa casta y esa bravura que fue ejemplo indiscutible para muchos criadores, cuando Don José González Dorantes, vivía.

En medio de este océano de mansedumbre aparecieron en el cartel, dos jóvenes que sí tenían un real sustento de estar, porque sus sólidos argumentos lo han demostrado… Andrés Roca Rey y Luis David Adame.

La insistencia de imponer a, Diego Silveti, sin que exista un fundamento le hace fracasar irremediablemente, cada vez que llega al mayor coso del mundo.

Esta tarde no ha sido la excepción.

La empresa tuvo la gentileza de cumplirle, ojalá y no lo vuelva a repetir, que conceda ese lugar a jóvenes que en la realidad sí lo merezcan, y no basen su carrera en recomendaciones.

Sobre la confrontación… Andrés-Luis David

Verá, usted lector amigo, he sostenido la tesis que de acuerdo a la historia del toreo, que cada 100 años aparecen tres toreros que revolucionan, oxigenan el toreo, como ocurrió hace un siglo con Rodolfo Gaona, José Gómez Joselito y Juan Belmonte.

¡Por supuesto!, que después hubo otros que resultaron brillantes, no obstante, los que provocaron el cambio fueron estos tres toreros mencionados.

Un buen día apareció un simpático peruanito, Andrés Roca Rey, un auténtico niño prodigio del toreo e impactó, en esa época, le conoció su maestro José Antonio Campuzano, lo llevó a España, y le guió para consolidarse a la velocidad de la luz, en un flamante, en verdad, flamante novillero, porque sus cualidades así lo condujeron; para doctorarse en tauromaquia con todos los honores, y una vez conseguido esto, en menos de cinco meses puso a los figurines contra la pared, haciendo notar su inobjetable supremacía.

Ahora, quien le detiene para la parte consagratoria, es justamente su maestro, cuyos intereses pareciera ya no coincidir con los que exige el imponente espíritu de Andrés, porque lo rebasó hace varios años el alumno.

Poco tiempo después, apareció, Luis David Adame, un chiquillo mexicano y como meteoro conquistó el primer lugar en la novillería también allá en España, se doctoró y volvió anunciar esas cualidades que demostró el gran Andrés.

Vino a México, vivió unos meses de letargo, pero al regresar a España, comenzó a imponer su imperio.

En esas estábamos, cuando apareció un niño venezolano, Jesús Enrique Colombo, quien también se fue a España, y ahí se consolidó como un excelente, en verdad, excelente novillero.

Recién tomó la alternativa, pero se percibe que está siendo mal guiado ya en esta etapa, y habrá que apoyarlo, para que su indomable espíritu continúe ascendiendo.

¿Qué pretendo fundamentar con esta historia?

Que ahí están los tres toreros que aparecen cada 100 años para revolucionar el arte del toreo.
Nacen como toreros en un momento que la Fiesta necesita esa revolución y esa necesaria oxigenación, ya que los figurines, con sus miserias taurinas, han desgastado tanto a la tauromaquia que se han convertido en los peores antitaurinos.

Andrés, Luis David y Jesús Enrique, nacidos en América, España los elevó y consolidó en un nivel fundamental y luminoso.

Esta tarde en la Monumental México, vimos una prueba de lo que pude ser una gran disputa entre estos tres toreros.

Ahí estuvo, Andrés, con un primero toro, tan manso como complicado al que había que aguantarle, y no se movió un ápice, ahí en terrenos más que comprometidos le toreó.

Ahí estuvo, Luis David, con su segundo toro, un manso que había que dominar, pisar terrenos impensables, y extraerle series con serna inteligencia y lo hizo.

Esta confrontación permitió ver dos faenas interesantes, importantes y trascendentes con toros en verdad malos y complicados.

Cazador, que fue el primero de Andrés, tan manso como descastado, le recibió con lances correctos que le anunciaron al astado, el mandato del torero, quien por cierto, ordenó que sólo se simulara la suerte de varas…

… ¡sí!, se simulara la suerte de varas, porque una vez que se estrelló con el peto el burel, ni siquiera la puya entró.

Así con un toro entero, Andrés, se fue a citarlo para hacer un quite por saltilleras, apareció un buen recorte y el segundo fue desarmado, porque el toro punteaba.

Ya con la multa, citó en los medios y a escasos milímetros de su geografía corpórea, cambió el viaje y se lo pasó por la espalda en un momento que pareció se lo llevaría, pero…

… pero, ¡no!

La cornamenta surcó la espalda del torero, quien se mantuvo firme, como una columna del templo de Zeus, para dar paso a series con la mano diestra que resultaron la delicia, por el aguante mismo, porque si detenía su andar el toro, el torero ahí estaba sin moverse, y con ello estaba el reconocimiento, la admiración implícitos de los allí convocados.

Citó en un alarde de torerismo con la diestra, hizo soberbio cambio de mano, para que el toreo al natural hiciera triunfal aparición, que fue seguido por otra serie subyugando el paladar de los diletantes taurinos.

Como epílogo de la sentida, portentosa obra de arte taurino, aparecieron dosantinas, aunque hubo también por ahí, molestos reventadores que intentaron quitar el reconocimiento de un público…

… ¡sí!, de un público que calló sus malsanas intenciones.

Lástima, sí lástima grande, que con el acero, haya estado mal, hubiera cortado sendos trofeos.

No obstante la creación artística ahí quedó, no se pude negar.

Tras este ejemplo de grandeza torera, y un toro tan manso que no dio opciones a, Luis David, por lo vacío de los atributos fundamentales que debería poseer el toro, apareció su segundo ejemplar, de nombre Guajiro, un capacho, que no peleó en varas, y cuando el joven nacido en Aguascalientes intentó hacer zapopinas, tras la segunda paró el toro, se volvió reticente y no quiso embestir, así que el joven Adame, le fue a perseguir por el redondel, para concretar el quite, y así lo hizo.

Andrés, a pesar de no cortar nada, había dejado una gran, gran faena, y Luis David, sabía que tenía que confrontarlo con gran dignidad y sabiduría.

Así que citó en los medios, quedó atravesado en el camino del toro, hizo por él, voló hacia el cielo, cayó peligrosamente en la arena, y cuando casi todos suponían -yo no- que se retiraría a la enfermería, Luis David, se incorporó y fue al toro.

¡Sí!, fue al toro, porque así se lo exigía su espíritu indómito, y ha dejado una gran faena que impresionó por el poder que otorga al aguante el valor natural; y por el poder que concede el sentimiento a la inspiración, en trazos sentidos con ambas manos.

Obligó literalmente al toro para concretar la dosantina, y luego como encoré, las joselillinas, para dejar la rúbrica, una estocada entera y un certero descabello.

La muchedumbre exigió merecida oreja que paseó con la satisfacción que da conquistar el triunfo, frente al adversario.

Andrés, quien había conquistado a ley el reconocimiento, fue mal aconsejado para regalar un toro, y salió uno de la ganadería titular, al que saludó con una larga de hinojos, para después de lancear, proseguir con chicuelinas y así recortar la estentórea huida del bovino.

Tras estrellarse en el caballo, recibió un picotazo y salió huyendo.

Andrés, intentó un quite con tafalleras, pero seguía franca la huida del astado, así que de pronto apreciaron ceñidas gaoneras, y ceñida caleserina.

La confrontación ahí estaba frente a él… sí, Luis David, así que se fue a los medios para iniciar nuevamente con un cambiado espalda, ya que el toro se resistía, y el limeño insistió a tal grado que se lo llevó dejándole fuertes guantazos.

No era momento de claudicar, así que estructuró una faena en donde hizo gala del aguante, de esos dos poderes narrados con Luis David, el que concede el valor y el que concede el sentimiento, y la faena fue contundente.

Sin embargo, ha vuelto a estar mal con el acero.

No obstante, eso no puede borrar una importante faena, porque al margen que la espada sea la suerte suprema, olvidar las luminosas aportaciones en el orden artístico, resultaría una injusticia, ya que son las que hacen trascender a los espíritus de los diletantes taurinos.

Así fue esta tarde, interesante por la confrontación que existió entre Andrés y Luis David, habrá que ponerlos en más plazas, sí, sí, con otros jóvenes, pero…

… pero el día que un empresario anuncie a Andrés, Luis David y Jesús Enrique, con bravísimos Victorinos, por ejemplo, ahí va haber la auténtica revolución del toreo.

¡Qué así sea!

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@PERIODISTAURINO 

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